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Cambio de dirección

13 Abr

Allá por el mes de diciembre de 2012 descubrí un blog llamado Literautas dedicado a la escritura, donde se dan recomendaciones y consejos a aquellas personas que quieren iniciarse en eso de escribir. La sección estrella es su taller de escritura Móntame una escena que, en mi opinión, es una de las iniciativas más originales e interesantes que pueden encontrarse actualmente en la red. Y encima es gratuito.

Su funcionamiento es muy sencillo. El primer día de cada mes se anuncia el tema sobre el que deberán versar los relatos. Desde ese día hasta el 15 del mismo mes se puede participar enviando un relato de 750 palabras como máximo. En torno a uno o dos días más tarde cada participante recibe tres relatos anónimos para comentarlos también de forma anónima en un plazo de una semana (la rúbrica para comentar es muy sencilla). Hacia el día 28 se reciben tres comentarios anónimos a nuestro relato. Por último, quienes han autorizado la difusión del relato, verán publicado su texto junto con los demás.

La primera escena del taller en la que participé es la número 5, que lleva por título Entre bastidores y corresponde al mes de enero de 2013. El requisito de esta escena era que la acción del relato tenía que ocurrir en un teatro y, aunque no había restricciones ni de personajes ni de tema, uno de los personajes debía guardar un secreto. Con todo eso, Cambio de dirección fue mi debut en el taller.

La niña irrumpió en el cuarto de las calderas cuando el ex director estaba montando la bomba.

– Hola, me llamo Irene, ¿qué haces?

El hombre se quedó petrificado. No contaba con que nadie bajase allí con toda la fiesta que había arriba y ni siquiera se había molestado en cerrar con llave. Finalmente se asomó a la puerta, echó el cerrojo y continuó colocando los explosivos ignorando a la niña. Un pequeño contratiempo no iba a hacer que renunciase al plan de volar el teatro Juan Cortázar. Su amado teatro. Era una idea terrible pero no le quedaba otra opción después de que le pillaran malversando fondos y se apiadaran de él al devolver todo el dinero para terminar ofreciéndole el puesto de conserje. Aquel teatro era suyo y no iba a humillarse ante ninguna pija recién llegada. Él se encargaría de que la presentación oficial de la directora Campos aquella tarde no se olvidase jamás.

– Nada, estaba arreglando esta máquina.

– ¿Qué le pasa? ¿Está rota?

– Bueno, algo así.

– ¿Y para qué sirve?

– Pues sirve para… oye, niña, ¿qué haces aquí? ¿Dónde están tus padres?

– Tenía ganas de hacer pipí y he ido al baño. Al salir vi una puerta y entré y después de eso di la vuelta y vi otra puerta pero me equivoqué y luego entré por otra puerta y como me había equivocado volví a dar la vuelta y al entrar aparecí aquí. ¿Para qué sirve tu máquina?

– Pues es… una máquina mágica.

– ¿Mágica? Pablo dice que la magia no existe.

– Ah ¿sí? ¿Y quién es Pablo?

– Es mi hermano. Yo tengo casi seis años y Pablo ya es mayor porque tiene trece. ¿Y por qué es mágica?

– Porque… hace desaparecer cosas.

– ¡Hace desaparecer cosas!

Los cables de colores se alineaban delante de él y comenzó a conectarlos. No era difícil y faltaba poco para que estuviese lista.

– ¡Es genial! Me alegro que estés arreglándola. Oye, ¿y puede hacer desaparecer cualquier cosa?

– Claro, es mágica.

– Pues entonces a lo mejor puedes ayudarme.

– ¿A qué?

– Es que tengo una cosa que quiero hacer desaparecer.

– ¿Y qué es esa cosa que tienes que quieres hacer desaparecer? -preguntó distraído el ex director.

– Cáncer. Es una cosa que se llama cáncer y creo que es muy mala. Se lo oí decir a mi mamá la otra noche pero no sé lo que es porque debió hacerse daño nada más decirlo y se puso a llorar y mi papá le dijo que no llorase, que todo saldría bien ahora que empezaba su nuevo trabajo y no la entendí más. Yo no sé lo que es pero le dijeron a mi hermano que me tratase bien porque es una cosa muy mala. Seguro que tu máquina mágica puede hacer que desaparezca. Dime, ¿lo harás por mí?

El hombre permaneció en silencio mirando a la niña con un cable en cada mano.

– Esto no está bien.

Soltó los cables y se sentó en el suelo.

– Uy, es verdad. Mi mamá dice que siempre hay que pedir las cosas por favor pero a veces se me olvida. ¿Lo harás por mí, por favor?

El hombre pareció despertar de un largo sueño.

– No. Quiero decir, que sí, que lo has dicho bien, pero que no puedo… Mira, niña, de verdad que lo siento pero es que no puedo hacer eso que me pides. Créeme, si pudiera hacerlo lo haría ahora mismo, de verdad, pero es imposible, no puedo.

– Pero ¿por qué? ¿Acaso tu máquina no hace desaparecer cosas? Pues quiero hacer desaparecer una cosa y el cáncer es una cosa y tu máquina hace desaparecer cosas, así que venga, haz que mi cáncer desaparezca.

– No puedo.

– Por favor.

– Lo siento.

– Sólo un poquito.

– ¡Por favor, niña, no me lo pidas más! ¡Te he dicho que no puedo! Lo siento. Lo siento mucho. De veras.

La niña se quedó mirándole unos segundos.

– Pues vaya birria de máquina. Pablo va a tener razón. Bueno,  me voy, que si no mi mamá se enfadará mucho.

– Oye, Irene, espera. Tu mamá… no se llamará Irene Campos, ¿verdad?

– Sí. ¿Cómo lo sabes? ¿También eres mago?

– No, sólo lo he adivinado.

El hombre desactivó la bomba y guardó todas las piezas.

– Yo te llevaré con ella. Es mi jefa. Me llamo Juan y soy el nuevo conserje.

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Publicado por en 13 abril, 2013 en Relatos

 

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