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Un error como otro cualquiera

05 May

Este relato corresponde a la escena número 6 (febrero de 2013) del taller de escritura Móntame una escena del blog Literautas. La escena lleva por título Un carnaval de miedo. En esta ocasión la historia (o una parte, por lo menos) tenía que ocurrir durante un carnaval o una fiesta de disfraces, y además debía haber un personaje que tuviese miedo de algo, por los motivos que fuese. Un error como otro cualquiera fue mi propuesta.

El pirata acababa de entrar en el callejón cuando vio a Batman acorralado por cuatro cowboys. Lo último que esperaba al meterse allí para mear era encontrarse con algo así. Reaccionó rápido y se ocultó detrás de un montón de cajas antes de ser visto. Una vez recuperado de la impresión, retiró despacio el parche del ojo y permaneció inmóvil entre las sombras.

-Sujetadle bien, que no escape -dijo uno con una estrella metálica en el chaleco-. Y ahora dinos: ¿dónde está?

-No sé a qué te refieres –respondió Batman-. Pero aunque lo supiera tampoco te lo diría -añadió desafiante con una sonrisa.

-Con que ésas tenemos, ¿eh? Pues ya veremos si sigues sonriendo cuando acabe contigo. ¡Canijo! –le gritó al más bajito-. ¿No estás siempre presumiendo de lo bien que boxeas? Pues venga, lúcete –se burló el sheriff mientras los otros dos reían disimuladamente.

Canijo empezó a lucirse. Al pirata no se le ocurría nada útil que hacer. No llevaba encima el móvil y no se atrevía a salir para buscar ayuda ni, mucho menos, para enfrentarse a aquellos matones. Siempre le habían dado miedo las peleas y no creía que, vestido con aquel cutre disfraz, fuese el mejor momento para empezar a superar ese temor.

Cuando el bajito terminó su exhibición, el sheriff le empujó a un lado.

-Aparta, que golpeas como una nena –bromeó plantándose de nuevo frente a Batman-. Bueno, ¿has recobrado ya la memoria o necesitas otra sesión? Te hemos visto ganar el concurso, cobrar el premio y escabullirte aquí como una comadreja, así que venga, dejémonos de juegos. Danos la pasta y acabemos con esto de una vez.

-Entiendo. Si os marcháis ahora mismo –dijo Batman con calma- no os haré daño. Soy un tipo comprensivo y cualquiera puede cometer un error, más aún en una noche de disfraces. Mi oferta es válida sólo si, como digo, os marcháis ahora mismo. Si no, os daré una lección que nunca olvidaréis.

Tras un par de segundos, los cuatro estallaron en carcajadas.

-Vaya, ¿qué os parece el figura? Tiene huevos, lo admito. Supongo que yo también me resistiría si llevase encima tanto dinero, pero creo que no me he explicado bien y se me está agotando la paciencia –dijo el sheriff desenfundando su revólver-. Mira, gilipollas, o me das los mil pavos ahora mismo o el próximo concurso de disfraces en que participes será en urgencias disfrazado de momia. ¡Venga! ¡La pasta! –y diciendo eso, le propinó un brutal golpe en la sien.

Batman encajó el impacto estoicamente. Luego alzó la mirada y, ante el asombro de todos, comenzó a reír. Era una risa indescriptible, primitiva, oscura. Al chico se le erizó el vello. No había escuchado nada así antes y no quería volver a escucharlo jamás. Tan insoportable le resultaba que estuvo a punto de cortarse una oreja con el garfio debido a la urgente necesidad de taparse los oídos.

Cuando se extinguieron los ecos de aquel aullido salvaje, los tres secuaces se miraron nerviosos unos a otros antes de volver los interrogantes ojos hacia su jefe. Éste parecía haber encogido de repente. Visiblemente afectado, alzó su revólver y apuntó a Batman a la cabeza. Justo entonces salió de un portal un hombre con claros síntomas de embriaguez. Todos se quedaron congelados mientras el inoportuno espontáneo recorría sin prisa el callejón, llegaba a la altura del grupo dando traspiés, pasaba de largo ignorándoles y, por último, terminaba perdiéndose de vista. Había dos cosas curiosas con respecto a aquel individuo. Una es que llevaba una banda dorada donde podía leerse “Primer Premio”. La segunda, que iba disfrazado de Batman.

Los vaqueros, contrariados, se giraron lentamente hacia la figura apoyada en la pared y empezaron a alejarse de espaldas sin apartar la mirada de ella. Batman se incorporó y su presencia dominó toda la escena. Antes de que avanzase un solo paso, los cuatro ya habían echado a correr como alma que lleva el diablo sin volver la vista atrás ni una vez.

Tras descansar unos instantes, Batman dijo:

-Vamos, chico, no temas. Ya puedes salir.

El chico se dio cuenta de que estaba dirigiéndose a él y abandonó inseguro su escondite. Allí en medio, el ridículo disfraz de pirata le pareció lo más absurdo del mundo. Habría preferido estar desnudo.

-¿Cómo te llamas?

-Dick –se limitó a contestar el chico.

Batman le contempló unos segundos.

-Dick, ven conmigo. Te conseguiré un disfraz mucho mejor.

Los dos dejaron atrás el callejón y se adentraron en la noche.

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Publicado por en 5 mayo, 2013 en Relatos

 

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