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Estatua de sal

03 Nov

El mes de mayo de 2013 la escena del taller de escritura de Literautas, Móntame una escena, se llamó De principio a fin. Había que contar una historia con su inicio, su medio y su desenlace, con las siguientes características: debía estar narrado en primera persona; la primera frase del texto debía ser: “Me giré al escuchar sus pasos”; y el texto debería terminar con la frase “cerré los ojos, incapaz de seguir mirando”. Con todo ello escribí Estatua de sal. (Nota: la versión que incluyo aquí difiere un poco de la versión inicial con la que participé en el taller. El motivo es que éste es el texto revisado que presenté para ser incluido en el libro recopilatorio del primer año del taller de escritura, que podéis descargar gratuitamente aquí).

Me giré al escuchar sus pasos. El corazón me dio un vuelco al descubrir que se trataba de Erika. A pesar de haber transcurrido dos décadas desde nuestro último encuentro, si esa jornada me hubiesen augurado que coincidiría con alguien conocido, ella habría sido la primera persona en quien habría pensado. Durante todos esos años, volver a verla había sido mi mayor deseo. Y también mi mayor temor.

Me encontraba de compras en la capital y, para hacer tiempo hasta la hora de tomar el tren de regreso, había entrado en una de esas librerías impersonales donde cualquiera de sus dependientes podía recitarte de memoria el título, autor, año y localización precisa del libro que buscases. Estaba distraído hojeando una guía de astronomía cuando al percibir a alguien más en el pasillo me di la vuelta. Erika, la única persona a quien había amado de verdad pese a que nunca me había atrevido a confesárselo, estaba a unos metros de distancia. Dicen que no es posible viajar en el tiempo: aquella tarde en aquel pasillo de aquella librería, yo viajé al pasado. Experimenté una regresión similar a ésas que nos suceden de improviso, cuando al percibir un olor concreto nos vemos arrastrados vertiginosamente a algún momento concreto de nuestra vida que asociamos con ese aroma, y que permanecen unidos para siempre en la memoria. Así reviví de golpe los días en los que me despertaba cada mañana con la esperanza de cruzármela en algún rincón de la facultad para, cuando finalmente sucedía, no hacer otra cosa que bloquearme y soltarle la mayor tontería que me venía a la mente a causa a los nervios que me dominaban, sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Cuando nos separábamos tras esos breves encontronazos acababa más hundido que si no me la hubiese tropezado y, sufriendo una amarga sensación de derrota, se apoderaba de mí una frustración tan insoportable que las noches me parecían interminables y tardaba horas en pegar ojo. Todos esos recuerdos sepultados bajo capas y capas de excusas, justificaciones y razones, brotaron violentamente como un torrente al reventar una presa. Su efecto fue análogo al de un puñetazo en el estómago: me quedé sin aliento y casi dejé caer el libro al suelo.

Erika no había reparado en mí, por lo que permanecí inmóvil y me dediqué a observarla. Los años la habían tratado bien; continuaba tan atractiva como cuando nos habíamos conocido. Mostraba nuevas arrugas en su rostro y llevaba el pelo más corto, pero nada de eso le había hecho perder su encanto. Me alegró sobremanera comprobar que tampoco ella llevaba ninguna alianza. Por mi parte, yo había madurado desde la universidad y, aunque intentaba sin demasiado éxito disimular mi imparable calvicie, conservaba una forma física más que aceptable. A pesar de ello, teniéndola tan cerca me sentí de nuevo como el estudiante tímido y acomplejado que había sido de joven. Me debatí angustiado entre el ansia de hablar con ella y el impulso de huir.

Finalmente reuní valor y, bajo el estímulo de una descarga de adrenalina, me lancé a saludarla. Tras unos instantes de desconcierto, exclamó mi nombre y sus labios mostraron aquella inolvidable sonrisa. Respiré aliviado y enseguida fluyó la conversación: que si “vaya sorpresa”, que si “hace siglos”, que si “qué es de tu vida”,… Propuse tomar algo en la cafetería de al lado y le pareció bien. Juntos disfrutamos de un rato agradable rememorando los viejos tiempos y nos reímos mucho. Sin embargo, a medida que se agotaban las anécdotas, cada vez eran más frecuentes los silencios, que se alargaban progresivamente hasta terminar resultando incómodos.

Atardecía cuando abandonamos el café. Insistí en acompañarla hasta su coche. De camino al parking pasamos frente a una tienda de arte y nos detuvimos ante el escaparate. Tenían expuesto un cuadro titulado “La mujer de Lot”, que retrataba el instante preciso en que la mujer vuelve la cabeza. Era una imagen perturbadora. Su expresión de resignación transmitía la idea de que el desenlace fatal que le aguardaba había estado siempre escrito. Daba la impresión de que incluso lo deseara. Nada del mundo habría podido impedir que mirase atrás.

Al llegar al coche, quedamos callados sin saber muy bien cómo despedirnos. Optamos por dos torpes besos en las mejillas, y exagerando un fingido entusiasmo prometimos volver a quedar alguna otra vez. Entró en el coche, cerró la puerta y emprendió la marcha lentamente. ‘Siempre te he amado, Erika, y siempre te amaré’. No tuve suficiente coraje para averiguar si de la que se alejaba me dedicaría un último vistazo por el retrovisor. Preferí quedarme con el débil consuelo de la duda y cerré los ojos, incapaz de seguir mirando.

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Publicado por en 3 noviembre, 2013 en Relatos

 

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