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Pesadilla a 0 pies de altura

28 Dic

Después de un paréntesis de varios meses sin participar en el taller de escritura Móntame una escena de Literautas, me animé a escribir algo para la escena número 13, correspondiente al mes de diciembre de 2013, que lleva por título Móntame una escena… supersticiosa. Los requisitos, aparte de que el relato tuviese inicio, desarrollo y desenlace, y que no superase las 750 palabras, eran que en él debía aparecer un personaje muy supersticioso, y que a lo largo del texto apareciesen las palabras “escritor”, “candado” y “trece”. En este Pesadilla a 0 pies de altura, el tono es algo más irónico que en relatos anteriores. Espero que os guste el resultado.

Presentó inseguro su tarjeta de embarque a la encargada de la aerolínea, que le dedicó una mirada distraída.

—Señor Herrera… Perfecto. Buen viaje dijo mecánicamente atendiendo ya al siguiente de la cola, un individuo pelirrojo vestido con un elegante traje. “Quién sabe si en ese maletín no lleva una bomba”, pensó el señor Herrera. “O un chaleco explosivo, o una pistola, o varias granadas… ver ‘Homeland’ anoche no fue buena idea”.

El pasillo de acceso al avión se inclinaba igual a como lo haría la senda de descenso al inframundo. Intentó alejar ese tipo de pensamientos y se esforzó en concentrarse en la reunión con la editorial, un acontecimiento que llevaba meses soñando pero que no había cristalizado hasta hacía unos días, cuando le habían telefoneado para anunciárselo.

—Le reservaremos pasaje para el próximo martes le había comunicado el responsable.

—¿Ha dicho usted el martes? un escalofrío había recorrido la espalda del escritor.

—Sí, el martes trece. No será usted supersticioso, ¿verdad, señor Herrera?

Eso había sido la semana pasada. Ahora, avanzó temblando los metros finales que le separaban de la puerta del reactor, una abertura ominosa que le conduciría a la oscuridad de la noche plutónica, de donde su alma no podría liberarse nunca más. “Basta, debo serenarme. Usaré las técnicas de relajación que me enseñaron en la consulta”. Aquel psicólogo sí que había sabido tratarle con respeto, y le había dado a su trastorno la debida importancia.

—Trezidavomartiofobia había declarado el experto. Detrás de un término tan complicado se esconde su padecimiento, señor Herrera: el temor a los martes trece.

Tre-zi-da-vo-mar-tio-fo-bia. Le había costado un huevo aprenderse la dichosa palabra, pero había sido un gran alivio enterarse de que su mal tenía nombre, por muy raro que éste fuera.

La azafata le estaba sonriendo, así que respiró hondo, cruzó el umbral y se dirigió tambaleándose al asiento. Dejó atrás la fila doce y alcanzó la suya, la catorce. “Los de la compañía aérea no son tontos”, concluyó mientras se instalaba, “y si aún en pleno siglo XXI sus aviones no cuentan con fila trece, por algo será”. Se abrochó el cinturón de seguridad con un sonido demasiado similar al de un candado, y después de ajustarlo, echó un vistazo alrededor. No le sorprendió ver que el avión iba casi vacío. “Si es que a quién se le ocurre volar en martes trece. Sólo a un insensato o a alguien tan desesperado como yo”.

Iniciaron el bloqueo de las puertas, y se sintió como el desgraciado Fortunato observando cómo Montresor colocaba la última piedra que le sellaría eternamente en las catacumbas. “Por amor de Dios. A lo mejor debería probar a rezar, que afirman calma la ansiedad. Qué fallo no haber traído un rosario o una biblia”. Le había tocado pasillo, por lo que quizás durante el trayecto consiguiera abstraerse de estar a miles de metros de altura a una velocidad vertiginosa, con el riesgo de que cualquier imprevisto le ocasionaría una muerte segura. “¡Maldita sea! O las cuatro pastillas tranquilizantes me hacen efecto de una vez o me volveré loco”. Cerró los ojos y controló su respiración a lo largo de todo un minuto. No sirvió de nada: no paraba de vislumbrar escenas en las que la aeronave sufría todo tipo de catástrofes. Los nervios le invadieron y comenzó a hiperventilar cada vez más angustiado. El individuo pelirrojo, sentado un par de filas por delante, le miró con preocupación. “¡Que me miren! ¡No me importa lo que piensen los demás! ¡Que se jodan todos! ¡Que le den por culo a la editorial! ¡Sólo quiero salir de este puto ataúd con alas!”. La azafata acudió a asistirle, y tras unos instantes de tensión la tripulación procedió a su desalojo. No recuperó la compostura hasta que pisó de nuevo la terminal, momento en que se produjo un fuerte estruendo y el señor Herrera cayó al suelo inconsciente.

Despertó en lo que debía ser un hospital. No entendía qué había ocurrido, y no lo hizo hasta más tarde, cuando las autoridades le informaron de que un artefacto había detonado en el interior del avión. Le mostraron una foto del suicida: se trataba del individuo pelirrojo. Por suerte, sus planes no habían salido bien y la explosión había sucedido todavía en tierra, parecía ser que a causa de una demora inesperada antes del despegue que aún estaban investigando. No había habido víctimas mortales aparte del propio terrorista. Si es que a quién se le ocurre atentar en martes trece.

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Publicado por en 28 diciembre, 2013 en Relatos

 

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